[AW] Boletín literario: Cuentos del norte argentino

Rodolfo Walsh agenciawalsh en yahoo.com.ar
Dom Mar 30 22:44:46 CEST 2008


AGENCIA DE COMUNICACIÓN RODOLFO WALSH
  Integrante del Foro De Medios Alternativos
  y de la RED NACIONAL DE MEDIOS ALTERNATIVOS
   
  “Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos, tendremos razón de intentarlo. Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra, ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo.”
  Envar El Kadri
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  APARICIÓN CON VIDA YA DE JULIO LÓPEZ
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  FUERA LOS YANQUIS DE IRAK Y AMERICA LATINA
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  Domingo 30 de marzo de 2008
   
  Cuentos del norte argentino
   
  Los cuentos que hoy queremos compartir con nuestros lectores son del norte argentino. Su autor es Juan Carlos Dávalos, salteño. Nació en Salta en 1887 y murió 1957 en la misma ciudad.
  Sus primeros intentos literarios, a los 13 ó 14 años, provocaron un escándalo familiar por lo irreverentes, cuando un tío los encontró en el cuaderno escolar.
  Los de hoy nos pintan algunos personajes de nuestro norte, algunos con un dejo de humor delicioso.
   
   
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  La creciente
   
  Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que vivía en Salta.
  Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas el pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.
  Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado en la margen izquierda del río de ese nombre.
  Y digo río porque se llama así en mi tierra, mal que pese al estricto sentido del vocablo, lo que en invierno apenas parecen arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en formidables avalanchas de barro y piedras.
  Una mañana venía el Vaqueros por demás crecido, como dice la gente de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los cerros, y, con tumultuosos estrépito, las turbias aguas arrastraban gruesos troncos y pesados pedrones.
  A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.
  Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí con las árganas repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver por dónde se lanzaría.
  Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.
  - No dentre, don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar- decía uno.
  - De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una clueca- gritaba otro.
  - Asojítese bien, no sea que pierda los yolis- vociferaba un tercero.
  - ¡Vaya, vaya, hombre!- contestaba Perdigones- Pero lo que es este a mí no me gana- decía del asno, y lo molía de firme.
  Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado; porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los yolis, y hacerse una balumba de hombre y bestia, y reatas y verduras, todo fue uno. La rápida corriente los arrastraba.
  Los gauchos armaron al punto sus lazos y se los arrojaron al infeliz de don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en medio del agua, ni pudo, ni atinó con los auxilios.
  Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño. Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:
  - Velay, pues, ño Ventura, aura que se ha salvao, de gracias a Dios; porque esto ha sido un milagro.
  Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:
  - Hombre, di tú gracias al sauce; que las intenciones de Dios fueron ahogarme.
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
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  Idilio pastoril
   
  Mediodía. En el trigal de la hoyada, junto al cerco, Faustina Renfinges, la pajarera, comía, extrayendo de su ollita con una cuchara de palo, su ración de locro.
  Al otro lado del cerro, entre inmensos pedrones grises, murmuraba el arroyo de donde la chinita había traído en una escudilla el agua para cocinar. Follajes de arcas y de algarrobos tamizaban, en aquel sitio, la luz dorada y tibia del sol del diciembre.
  Todos los días, desde que el trigo comenzó  madurar y ella a rondar, almorzaba allí solita la pajarera.
  Esta vez, mientras masticaba, calmosa, su maíz sazonado con charqui, estaba recordando un percance que a esa misma hora le sucediera pocos días antes. Y fue que el Tomasito Chocobar, dejando en el cerro de enfrente las cabras que cuidaba, había caído sobre ella como el cernícalo cuando asalta de improviso a la paloma en la soledad de un soto. Pero ella se defendió del atrevimiento con recios mojicones y en lucha cuerpo a cuerpo derrotó a su agresor y lo despachó mohino y con viento fresco, haciéndole zumbar, además, unos cuantos hondazos por la cabeza.
  Y ahora sonreía la Faustina, contenta de su triunfo sobre aquel rapaz que presumía de irresistible entre las pastorcitas de Tacui. Cierto que era simpático el muy atrevido y que ella quizá, después de todo, no lo quería mal; pero no le gustaban los mozos consentidos que andan a pesca de amoríos, inconstantes y lindos como el colibrí.
   
  Acabado el almuerzo, requirió el vellón y la rueca. Colgose al cuello la honda, y, paso a paso, mientras hilaba, comenzó a caminar por la senda que sus ojotas, a fuerza de rondar, habían trillado por junto a los cercos, en todo el contorno del vasto sembradío.
  De los saucedales próximos al arroyo y de los viejos algarrobos que sombreaban aquí y allá la sementera descolgábanse a picotear el trigo ávidas bandadas de palomas, tordos y jilgueros. La pajarera emitía entonces, para ahuyentarlos, gritos largos, agudos, como de alimaña salvaje, o agitaba en alto su blanco chambergo ovejuno, o lanzaba con su honda certeras pedradas. El día entero, del alba al crepúsculo, pasábalo así, en la simple y celosa brega.
  Parecía vagando desgarbada entre los trigos amarillentos, con su camisa blanca, su ancha pollera azul y su gran chambergo, un espantajo que por brujería se hubiera echado a andar. Los pájaros, avizores ya, la presentían y como chicuelos burlones que eluden el castigo, dispersábanse al oír desde lejos sus pasos dejando en la soleada tierra tendales de grávidas y rotas espigas.
  Sobrábale tiempo a la chinita, en tantas y tan largas horas tediosas, para hilar el vellón traído de su casa; y así, mientras vigilaba, sostenían sus manos con maquinal destreza la rueca que giraba al aire, la puiscana infatigable de los pastores calchaquíes.
  Era el tiempo en que brotan en los ásperos cerros de piedra el amancay blanco y el amancay amarillo cuando la abeja salvaje zumba en torno a los bravos cardones por libar la miel espesa de las pasacanas; el tiempo de la azucena blanca y de la azucena roja, que salpican los pardos eriales con manchas de sangre y de nieve; cuando el eterno viento de la cordillera se vuelve tibio y manso, se humedece y se carga con fuertes aromas de menta y de jarilla. Y aquel sol fecundante que distendía las corolas en los cerros desiertos sazonaba las espigas en el valle fértil, movía también el corazón, caldeaba la sangre de la humilde pajarera y ponía en sus grandes ojos oscuros el azoramiento de los primeros amores. Sorda gestación del instinto, indefinida inquietud, imperiosa como la madurez de la flor. La Faustina Renfinges amaba. ¿A quién o a qué?
  Amaba quizá su linda honda de lana delgada y overa, cuyos ramales gemelos caían rozándole los mórbidos senos mientras ella macinaba distraída.
  Tal vez amaba el intento azul del cielo, bruscamente cortado allá en la altura por el filo del cerro inmediato. Amaba tal vez el destello fugaz del kenti, cuando aletea un punto sobre la retama florida y se pierde como aventada chispa en el aire vibrante de reflejos verdosos.
   
  Habíase detenido medio agobiada por el bochorno en una gruta de follaje junto al cerco, a la sombra de unas arcas. En aquel sitio escondido y fresco sobresalía dos palmos del suelo una maciza mole de granito gris que mostraba, por la depresión labrada en su centro, haber servido de maray, en tiempos remotos, a los antiguos pobladores del valle.
  Sentose al borde de la piedra sintiendo en los pies desnudos el cosquilleo de las gramillas temblorosas, y al levantar los ojos cansados de ensueños y de sol, vio con sorpresa, delante de ella, la figura desharrapada y resuelta de Tomasito Chocobar. Silencioso como una aparición, el muchacho fuese acercando hasta quedar sentado sobre los talones a los pies de la huraña chinita. Quitose luego el rotoso chambergo, suspiró como fatigado de haber andado mucho y sin decir palabra, clavó sonriendo sus pupilas vivaces en los hermosos ojos de su enemiga. Largo rato estuvieron así, contemplándose frente a frente. No se miran de otro modo, fascinadas por el instinto, dos vicuñas jóvenes que se encuentran al acaso en una vega solitaria de los Andes. Pero la sonrisa del pastor se fue cambiando en leve mueca de amargura y con la humedad cristalina del llanto, sus pupilas titilaron radiantes como estrellas
  Ante aquella queja muda, sintiéndose invadida por extraña laxitud ella, preguntó dulcemente:
  - ¿Y por qué lloráis, pues?
  El pastor, con voz entrecortada, casi en secreto, como temiendo que sus palabras llegasen a oídos ajenos, le declaró su amor y le confesó que lloraba de pena, que lloraba porque ella le había vencido en la lucha y porque ella, siendo una mujer, lo había corrido con su honda, como se espanta al zorro dañino que acecha la majada.
  Entonces, la Faustina Renfinges, enternecida, se arrellanó en su duro asiento, dio un gran suspiro de alivio y desperezose largamente.
  - ¡Bah!...- dijo con la voz quebrada- ¡Defuerzada estoy hoy, Tomasito!- Y se tendió de espaldas en el cóncavo lecho de piedra.
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
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  La muerte del muerto
   
  La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos preconcebida fue la conducta que en este caso observé, al dejarme arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el estigma de mi existencia.
  ¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.
  Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana y aun espero escapar de la divina, le saco provecho a la verdad, escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos timoratos.
  Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron, fielmente.
  Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la calle Estados Unidos, de Buenos Aires.
  Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.
  Era un hombre como de setenta años, muy alto, de porte grave.
  Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que en diez años de profesorado, apenas cuatro veces había faltado a clase. Nunca hablaba sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una frase de expansión o de confianza.
  Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren. Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y respetable.
  Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia y comía en su pieza, por librarse de la gente.
  Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que siempre merecí calabazas en inglés.
  Aquel año la salud de míster Moore decaía visiblemente a juzgar por la palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.
  No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el director nos dijo en clase que míster Moore acababa de morir de un síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.
  Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle Rivadavia, donde en su cama, encontramos al excéntrico serenamente dormido en la eternidad.
  El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.
  Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el atuendo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.
   
  Pero a medianoche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín, en lugar de cuidar a míster Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin agrado me quedé solo, pues la situación favorecía  el maquinamiento de cierto poema que deseaba escribir.
  Era la del velatorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el patio.
  Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero estaban tapadas con roperos, disposición esta que me valió mucho, ahogando el ruido, como habrá de verse luego.
  Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la cabecera contra la pared del fondo.
  Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una Biblia y varios libros ingleses.
  Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía ver yo, indistintamente, la cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.
  ¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono contemplé en aquella vida que acababa de apagarse!
  ¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién sabe qué recuerdos!
  Y a la luz amarilla de las velas me pareció ver dibujarse una sonrisa de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.
  Hay en la llama pálida de esas velas de muerto algo así como un afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume y se agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.
  Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz, alta, sostenía, con elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y noble. Los labios, eran delgados, y el mentón saliente, con firme decisión de voluntad.
  De pronto un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de míster Moore se habían abierto…
  ¿Sería posible…?
  Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados
  Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos y sombras.
  Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando inútilmente leer. Con la imaginación en desorden y el corazón al galope, ya no fui dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!
  Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con lágrimas descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.
  En estos ataques agudos, el cerrar los ojos o el quedarme en tinieblas no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros se transforman, se sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante, absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o gritar, ¡o matar…! Hacer al fin algún esfuerzo muscular intenso, que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.
  Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante fronterizo de la demencia en el paroxismo de la atención, lo vigilaba, lo acechaba, lo espiaba con la sospecha inaguantable de que no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía asustarme, sorprenderme, burlarse de mí…
  Y en ese instante la cosa se produjo ¡Míster Moore había levantado un a pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en abanico!
  ¡Míster Moore se había despertado de la muerte, y míster Moore, por fin, rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie junto a la cama.
  ¡No pude más!
  Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de terror loco, ágil como un demonio salté sobre él y le pegué una bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte. Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a poco, al recobrar la serenidad, dime clara cuenta del peligro que corría, si, como era posible, alguien de la casa hubiese oído el ruido.
  Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie acudió.
  ¡Mi delito quedaba impune para siempre!
  Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto con mis condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de míster Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.
  Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera resultado esta fórmula concisa y fatal: “Sonambulismo cataléptico acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme”
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
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  Esa voz viene seguramente de una persona, única, irrepetible como toda persona, pero una voz no es una persona, es algo suspendido en el aire, separado de la solidez de las cosas.
   
  También la voz es única e irrepetible, pero tal vez de un modo diferente del de la persona: podrían voz y persona parecerse. O bien parecerse de un modo secreto, que no se ve a primera vista: la voz podría ser el equivalente de todo lo más oculto y más verdadero de la persona. ¿ es otro tú sin cuerpo el que escucha esa voz sin cuerpo? Que la oigas realmente o la recuerdes o la imagines, da igual. 
  Y sin embargo tú quieres que sea tu propio oído el que perciba esa voz, por lo tanto lo que te atrae no es sólo un recuerdo o una fantasía sino la vibración de una garganta de carne. 
  Una voz significa esto: hay una persona viva, garganta, tórax sentimientos, que empuja en el aire esa voz diferente de todas las otras voces. Una voz pone en acción la úvula, la saliva, la infancia, la pátina de la vida vivida, las intenciones de la mente, el placer de dar una forma propia a las ondas sonoras. Lo que te atrae es el placer que esta voz pone en existir: en existir como voz, pero ese placer te lleva a imaginar de que modo la persona podría ser tan diferente de cualquier otro cuanto es diferente su voz.
  Un rey escucha. Italo Calvino  <·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>
  Voces, palabras, sonidos, mensajes, pensamientos, sentimientos, anécdotas. 
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   “LOS VIOLENTOS NO SON LOS QUE LUCHAN, SINO LOS QUE NOS OPRIMEN
  NO A LA CRIMINALIZACIÓN DE LA PROTESTA SOCIAL.”
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   “POR LA REDUCCIÓN DE LA JORNADA LABORAL CON AUMENTO SALARIAL
  TRABAJAR MENOS, PARA QUE TRABAJEN TODOS.
  NOS SACARON MUCHO, PUEDEN PAGAR”
   Campaña Nacional por la Reducción de la Jornada Laboral
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  LIBERTAD A LOS PRESOS POLÍTICOS DE ARGENTINA
  Y A TODOS LOS LUCHADORES EN EL MUNDO.
   
  LIBERTAD A LOS 5 HEROES CUBANOS, 
  PRESOS EN LAS CARCELES YANQUIS
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