[Agenciawalsh] No todo es Verso

Rodolfo Walsh agenciawalsh en yahoo.com.ar
Lun Dic 24 00:18:52 CET 2007


 
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN RODOLFO WALSH
  Integrante del Foro De Medios Alternativos
  y de la RED NACIONAL DE MEDIOS ALTERNATIVOS
   
  “Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos, tendremos razón de intentarlo. Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra, ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo.”
  Envar El Kadri
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  APARICIÓN CON VIDA YA DE JULIO LÓPEZ
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  FUERA LOS YANQUIS DE IRAK Y AMERICA LATINA
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  Domingo, 16 de diciembre de 2007
   
  Nos gritan desde el fondo
   
  El No Todo Es Verso de hoy está dedicado a los escritores que integran el grupo Los del Fondo (o dedicado por ellos a nosotros, bah). Este grupo literario pertenece a la Biblioteca  Popular José Murillo, de Villa Zagala, provinncia de Buenos Aires. Esta biblioteca es un emprendimiento cultural que lleva a cabo la Asamblea de San Andrés.
  Los trabajos que vamos a leer son fruto del trabajo sostenido en el taller, colectivo, profundo, alegre. Aunque cada cuento o poema tiene el nombre de un autor, Los del Fondo suelen sentirse todos un poco responsables de lo que hace cada uno. 
  A veces Los del Fondo tienen ganas de pasar al frente, dicen. Pero después lo piensan un poco y se dan cuenta de que el fondo es preferible, porque cuando uno está al frente en una de esas se olvida de darse vuelta y se pierde lo mejor, que es lo que viene en el tumulto.
  Estos son unos pocos botones de muestra; uno de estos días, en una de esas mandamos más.
   
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  Cara redonda de luna 
  Con cachetes escarchados
  Los colores de tus cerros
  En el rostro te han quedado.
   
  Ojos grandes muy oscuros
  Que miran como asombrados
  Nunca dejes el lugar
  Que la vida te ha asignado
   
  Ahí tú eres una coya
  Y ese es tu reinado
  Dueña de montes y ríos
  Y con tus soles dorados
   
  No te deslumbren las luces
  Que brillan por estos lados
  Para no ser una más
  De “bolitas” despreciados.
   
                                                              Aurora Percivale
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
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  Aquella calesita
  Aquella noche solo él se decidió a hablar en la oscuridad, como si lo estuviera viendo, serían cerca de las 12, porque la persiana del boliche ya estaba baja, bueno a media asta, que era la forma que tenía el gallego de apurar a los últimos clientes. Éramos tres los que estábamos con él, nadie se animaba a pregun&shy;tarle por ella, aunque no fue necesario, los gritos nos llegaron claros y eran desgarradores.
  Escuchar a la madre e imaginar lo que pasaba fue todo uno. Recuerdo cuando llegaron al barrio, fue por los años cincuenta, plena época peronista; yo vivía en esta casa y en la esquina tenía la calesita, hace tantos años, el barrio era otro, vivíamos dife&shy;rente, respirábamos otro aire, hasta el olor era distinto. Todos teníamos jardín, y hasta alguna quintita atrás; había espacio entre las casas y los límites del terreno lo marcábamos con cercos de ligustrina. Ahora está casi todo subdividido y rodeado de paredones. Mire si no esa palta enorme que está toda apretadita, formaba parte del parque de ellos, y la casa, bueno, con los años está un poco deteriorada, pero era la màs linda de la zona, ahora está en venta. ¿Entonces usted la conocía? ¿Viene por la casa? ¿No? Bueno, como le digo, llegaron al barrio un invierno; él era viajan&shy;te de comercio, y creo que se habían conocido en Balcarce, ella era de por allí, una hermosa muchacha, nunca pudo hacer amigas, decían
 que era muy orgullosa, en el fondo la envidiaban, sabe còmo son las mujeres, en fin, lo cierto es que se la veía distante. Los hijos eran muy chicos, el varón todavía no caminaba, ella so&shy;lía traerlos a la calesita y cambiábamos algunas palabras; siempre sola, claro, por el trabajo del marido, que a veces lo obligaba  a ausentarse por más de una semana.
  Siempre me acuerdo, porque para ese entonces, la calesita estrenaba motor nuevo; la verdad era que el petizo ya no daba para más y ha&shy;bía decidido jubilarlo. No sabe, los domingos a la tarde la esquina se llenaba de música y la purreteada hacia cola para sacar la sortija, y les brillaban los ojos a los pibes casi tnato como todas las lamparitas que encendía cuando empezaba a oscurecer.
  Fue como a los cuatro o cinco años que comenzaron los rumores, la nena ya iba al colegio, y a veces hasta venía sola a la calesita, estábamos tan cerca...
  Al principio lo atribuí a las chismosas de siempre, esas que inven&shy;tan historias que les gustaría vivir a ellas.
  Pero una de esas noches bochornosas de verano, en que el calor de la cama nos borra el sueño, decidí pasarla en la reposera del jar&shy;dín ; había una luna grandota que iluminaba todo, y en un interva&shy;lo de chicharras, oigo ruido  de pisadas, después una corrida cor&shy;ta, un golpe y un quejido como ahogado. Cuando pude llegar al lugar de donde venían los ruidos, no vi nada, claro , el cerco del fondo estaba muy tupido, pero fijándome bien, pude descubrir, del otro lado, a un hombre caído, en el mismo momento que oigo la voz de ella asustada, que le pregunta bajito, con mucha familiaridad por lo ocurrido. A él no pude oírlo porque se metieron rápido a la casa. Pero de todas formas no me resultó difícil deducir lo que pasaba: Aprovechando la ausencia del marido, este hombre se metía en la ca&shy;sa a través de los fondos de las casas vecinas, entrando por un baldío que estaba cerca.
  Probablemente esa noche, al verme, se haya asustado, por eso la co&shy;rrida y el tropezón al cruzar el cerco.
  Creo que ella notó mi presencia a través de la ligustrina, porque después de eso, sentía que me esquivaba la mirada, y ya no fue más que el saludo breve.
  -¿Entonces usted vivía por el barrio? y, los tiene que haber cono&shy;cido, claro, debía ser muy chico.
  Y sí, una historia muy desgraciada, los vecinos quedamos muy conmo&shy;vidos; imagínese, en aquellos años, las relaciones entre nosotros eran muy estrechas, muchos domingos compartíamos el asado, los sá&shy;bados, los picados en el potrero nos congregaban a todos; las tar&shy;des de lotería, en invierno, eran memorables, y los carnavales en el club social, seguro que usted debe recordarlos, kilos de papel picado y agua perfumada.
  Ellos iban un rato, creo que sólo por los chicos, pero se volvían siempre temprano, todavía tengo clara la imagen de una sonrisa tris&shy;te, en la cara de ella, cuando aceptaba bailar conmigo algún tango. En el barrio creo que no queda nadie de esa época, se mudaron o se murieron.
  Parece que la que ayudó al desenlace trágico de esta historia, fue la madre, que descubre a aquel otro hombre, lo reconoce como un an&shy;tiguo novio de la hija y se lo recrimina muy duramente. Ella, vaya a saber, quizás tratando de escapar a tanta historia de soledad y culpa, se suicida, así como le digo, se cuelga de una de las vigas de su dormitorio.
  Esa noche la encuentra el marido, que sale como loco a buscar ayu&shy;da, un médico... después, destruido por el dolor no se anima a vol&shy;ver a entrar a la casa y nosotros que nos acercamos, pero ya pre&shy;sintiendo lo peor. Al rato nomás, llega la suegra, avisada no sa&shy;bemos por quién, y lo que ya le conté.
  Probablemente ella tendría todo planeado, porque había mandado a los chicos a la casa de la madre, hacía unos días. Pobrecitos, pa&shy;rece que nunca supieron la verdad. ¿Para qué? ¿no le parece? Al poco tiempo se mudaron y nunca más supimos de ellos. ¿Entonces usted los conoció? No me diga... pero, debí haberlo ima&shy;ginado, qué barbaridad, lo lamento mucho mi amigo, no se ponga así, lo que pasa es que ya estoy viejo, y a veces tengo tantas ganas de hablar con alguien, que me voy de boca, perdóneme, cómo iba a imagi&shy;nar que era su madre.
  Liliana Blasco 
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
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  CUESTIÓN DE PESO
   
  El peso de las palabras
  Obliga al silencio
  Bulle enardecido el caos
  que se subsume en el cuerpo
  que se vuelve verborrágico.
  Las reverberaciones
  anteceden al eco estridente
  y las letras se agolpan
  entre los tejidos.
  Ataduras neuronales
  rompen el dique
  que inunda los atajos
  de la vida que persiste.
  Persiste
   
   
               Roxana Toscano
   
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  Anverso De Las Rejas
  .
  Árboles, hamacas, 
  toboganes enjaulados
  en recipientes potables: 
  distancian la vida
   de la mano que traspasa
   los barrotes para oler
   las margaritas.
   
  La sombra del sauce
  lagrimea, esperando
  nuestro cuerpo
  en sus raíces
  que se hunden
  en la profundidad
  del pavimento asegurado.
   
  Nosotros aferrados  a la reja
  que embotellará la noche
  para protegernos de los sueños, 
  los pies
  para protegernos de los pasos.
   No enterraremos crisálidas
   para que las alas no se dañen.
   
  Roxana Toscano
   
   
   
   
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
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   Noche de  bodas en Concordia
  Laureana entró en la habitación casi sin mirar a su alrededor. Sólo vio con claridad que había una gran cama de hierro en el centro, y una lámpara bruñida que resaltaba el blanco de las sábanas.
  Manuel quedó a sus espaldas, corriendo el cerrojo. Habían llegado a su casita en el sulky de la Graciana, siempre tan gaucha. Atrás quedaron fiesta, familias y amigos.
  Ella se alisaba nerviosamente la falda que horas antes hubo que levantar con almidón y el miriñaque de la Gregoria.
  -¿Querés que te ayude? - preguntó Manuel, desde la puerta y con voz entrecortada.
  -No, gracias, quedate ahí y no mires, ¿eh? No mires.
  Quedó en silencio esperando la contestación.
  -Está bien.
  Lo miró para asegurarse y sí: ahí estaba, parado de cara a la puerta, haciendo temblar su rodilla derecha y con las manos cruzadas a la espalda.
  Comenzó a desabotonar esa fila interminable de perlitas de mentira, y una de ellas se encaprichó en no ceder bajo los dedos temblorosos. Suspiró con impaciencia.
  -¿No querés que te ayude?
  -¡No! Esperá, hacé el favor.
  El botoncito parecía más grande que el ojalillo; con rabia, tironeó hasta romperlo.
  Constató que él no miraba, y por las dudas, apagó la lámpara.
  -¿Ya está?
  -¡No! Yo te voy a avisar, quédate ahí.. .Por favor.
  Agregó el 'por favor' porque creyó notar un dejo de dureza en su voz.
  -¿Estás segura?
  Esta vez fue inconfundible el tono burlón de Manuel. Al menos, así le pareció.
  -¡Te dije que no!
  -Bueno, bueno... Tampoco te pongas así.
  Laureana suspiró. A él también le temblaba la voz. La alivió percibir en él la misma turbación que le entorpecía manos y pensamientos. Acomodó el vestido sobre la única silla de la pieza, y luego las enaguas. Dudó en quitarse la ropa interior, pero lo hizo rápidamente. Antes de meterse en la cama de sábanas almidonadas, secó su sexo con un pliegue de la enagua, furtiva y avergonzada.
  -Ya está.
  Manuel se acercó. La noche era clara, y Laureana pudo distinguir su silueta contra la ventanita. Tenía espaldas muy anchas su Manuel. Y la cabeza erguida sobre el cuello toruno.
  Sin decir palabra, se sentó del otro lado de la cama y dejó caer sus ropas al suelo. Las botas cayeron con ruido seco al suelo de tierra apisonada. Laureana tenía frío entre las sábanas endurecidas. Respiraba apenas, para no denunciar sus ahogos.
  Él entró sin alharacas en esa frialdad aromada de azahares; buscó el cuerpo de ella con la mano derecha. Encontrar la calidez de Laureana y abrazarla con angustiada impaciencia fue un sólo gesto. El aroma de su piel lo angustiaba aún más, si se podía.
  La besó con los labios apretados, mordiendo todos los besos urgentes que le nacían sin control. Laureana apenas si atinó a acariciar su cabello indomable y sus hombros. Bajo el pecho moreno de Manuel, los de ella se aplastaban dolorosamente. Manuel mordió suavemente los lóbulos, el cuello, hundió su cara en la oscura cabellera y respiró su olor salvaje hasta embriagarse.
  -Me ahogás.
  La vocecita vacilante junto a su oído lo volvió a la realidad. La liberó de su peso, turbado.
  -Perdóname. ¿Te hice mal?
  - No. Me ahogaba, nomás.
  Boca arriba en la cama inmensa, uno junto al otro, miraban el techo recién blanqueado entre las tinieblas. Laureana volvió a secar su entrepierna, como acomodándose entre las sábanas.
  -¿No querés?
  Preguntó Manuel, desconsolado.
  -Sí, claro que quiero. Pero...
  -¿Pero qué?
  -Tengo miedo.
  -¿De mí?
  -No... Es que...
  -¿Qué?
  El silencio los oprimió por un eterno instante.
  -Es que... Eso que tenés ahí es muy grande para mí.
  Manuel rio, nervioso y complacido; tendido boca arriba, se estiró y 'eso' se proyectó orgullosamente, casi tan orgulloso como él, hacia el techo. Tomó la mano de Laureana y encerrándola con la suya la llevó a su sexo, rodeando ajustadamente lo que tanto atemorizaba a su amada. Ella trató de librarse, pero él reía y apretaba más fuerte.
  -¿Esto te da miedo, mi negra linda? Ya vas a ver que te va a gustar, sí que te va a gustar, mi amor...
  Se volvió hacia Laureana, acariciándola con cuidado. Tratando de percibir en qué rincones de su cuerpo encontraba un estremecimiento, un suspiro, un abandono. Ella sintió sus manos ásperas apretando sus pechos. Le dolieron, pero no pudo evitar arquear la espalda para ofrecerlos a la caricia. Cerró los ojos y se entregó a las sensaciones.
  Abrió sus labios y correspondió todos y cada uno de los besos. También le dolió un mordisco suave en la lengua, pero lo devolvió, gozosa.
  Bajo sus párpados cerrados, la cara de Ña María se impuso.
  -No, esperá...
  -¿Qué pasa ahora?
  -No vayas tan rápido. Me da miedo...
  -¿De qué?
  -De que me duela mucho...
  La vocecita se perdía en la oscuridad.
  -No es para tanto, ya vas a ver.
  -Pero, ¿vos me querés, no?
  -¡Cómo no voy a querete, mi negrita! ¿No estamos casados, acaso?
  -Sí, claro... Pero espera un poquito, ¿eh?
  Al amparo de la oscuridad,  secó la parte interior de sus muslos,húmedos y vergonzantes. Se daría cuenta de la intensidad de su deseo, y eso no estaba bien.
  -Vas a ver que no va a doler mucho. Y después te va a gustar, ya vas a ver, mi amor.
  Manuel le hizo un nido entre sus brazos y se movió despacio, hasta que el nido fue un cálido estuche, moreno y fuerte, rodeándola con brazos y piernas, protegiéndola de su propia urgencia. Nadie le haría daño jamás, y él menos que nadie.
  -Pero, mi negra linda... No me tenga miedo, no la voy a maltratar. ¿Me cree usted?
  -Sí, te creo.
  La mirada húmeda y angustiada de Laureana se apagó bajo sus besos. Volvió a acariciarla, deteniendo sus movimientos para no asustarla. Trepó sobre su vientre, lo La vocecita vacilante junto a su oído lo volvió a la realidad. La liberó de su peso, turbado.
  -Perdóname. ¿Te hice mal?
  - No. Me ahogaba, nomás.
  Boca arriba en la cama inmensa, uno junto al otro, miraban el techo recién blanqueado entre las tinieblas. Laureana volvió a secar su entrepierna, como acomodándose entre las sábanas.
  -¿No querés?
  Preguntó Manuel, desconsolado.
  -Sí, claro que quiero. Pero...
  -¿Pero qué?
  -Tengo miedo.
  -¿De mí?
  -No... Es que...
  -¿Qué?
  El silencio los oprimió por un eterno instante.
  -Es que... Eso que tenés ahí es muy grande para mí.
  Manuel rio, nervioso y complacido; tendido boca arriba, se estiró y 'eso' se proyectó orgullosamente, casi tan orgulloso como él, hacia el techo. Tomó la mano de Laureana y encerrándola con la suya la llevó a su sexo, rodeando ajustadamente lo que tanto atemorizaba a su amada. Ella trató de librarse, pero él reía y apretaba más fuerte.
  -¿Esto te da miedo, mi negra linda? Ya vas a ver que te va a gustar, sí que te va a gustar, mi amor...
  Se volvió hacia Laureana, acariciándola con cuidado. Tratando de percibir en qué rincones de su cuerpo encontraba un estremecimiento, un suspiro, un abandono. Ella sintió sus manos ásperas apretando sus pechos. Le dolieron, pero no pudo evitar arquear la espalda para ofrecerlos a la caricia. Cerró los ojos y se entregó a las sensaciones.
  Abrió sus labios y correspondió todos y cada uno de los besos. También le dolió un mordisco suave en la lengua, pero lo devolvió, gozosa.
  Bajo sus párpados cerrados, la cara de Ña María se impuso.
  -No, esperá...
  -¿Qué pasa ahora?
  -No vayas tan rápido. Me da miedo...
  -¿De qué?
  -De que me duela mucho...
  La vocecita se perdía en la oscuridad.
  -No es para tanto, ya vas a ver.
  -Pero, ¿vos me querés, no?
  -¡Cómo no voy a querete, mi negrita! ¿No estamos casados, acaso?
  -Sí, claro... Pero espera un poquito, ¿eh?
  Al amparo de la oscuridad,  secó la parte interior de sus muslos,húmedos y vergonzantes. Se daría cuenta de la intensidad de su deseo, y eso no estaba bien.
  -Vas a ver que no va a doler mucho. Y después te va a gustar, ya vas a ver, mi amor.
  Manuel le hizo un nido entre sus brazos y se movió despacio, hasta que el nido fue un cálido estuche, moreno y fuerte, rodeándola con brazos y piernas, protegiéndola de su propia urgencia. Nadie le haría daño jamás, y él menos que nadie.
  -Pero, mi negra linda... No me tenga miedo, no la voy a maltratar. ¿Me cree usted?
  -Sí, te creo.
  La mirada húmeda y angustiada de Laureana se apagó bajo sus besos. Volvió a acariciarla, deteniendo sus movimientos para no asustarla. Trepó sobre su vientre, lo apretó con el suyo, gozando de esa piel afiebrada, de los movimientos reprimidos de su mujer. Ella tuvo que controlar el deseo de anudar sus piernas a la espalda de Manuel, de acoplarse al vaivén que crecía y la perdía en incontrolables impulsos. Dejó caer sus manos desde las caderas fuertes y suaves de su marido; palmas hacia arriba, inertes. Y se quedó muy quieta, como crucificada sobre la sábana, dispuesta al sacrificio. Llevó la
  mano derecha a su boca y mordió fuertemente, hasta que la sangre brotó generosa.
  Cerró con fuerza las rosadas puertas de su intimidad, y Manuel tuvo que esforzarse para vencer su resistencia. Hasta que Laureana lo sintió moviéndose dentro de ella.
  Recién entonces levantó los brazos y los anudó al cuello de su hombre; se entregó al ritmo y a la cadencia de los murmullos, al ondular acompasado que se le imponía no sabía desde dónde; pudo olerlo, gustar el sabor salado de su piel transpirada, rodear su cintura con las piernas morenas, crispadas. Apretó los dientes y oyó un extraño gruñido brotar de su garganta. También Manuel se estremecía en una especie de llanto que nunca había escuchado. Un resplandor la encegueció tras los párpados y se sintió ir, vertiginosamente, hacia un abismo insondable, irresistible, poblado de risas y sollozos que no reconoció como suyos.
  Sus músculos se iban relajando y Manuel seguía agitándose dentro de ella, queriendo quedarse para siempre en la tibia humedad que había ganado, en ese maravilloso sitio suave y acogedor.
  Hasta que se derramó en un sollozo intenso; y luego rió, incorporándose apenas sobre ella, besándola una y otra vez, maravillado.
  Laureana acarició la cara curtida de su Manuel. ¡Cómo lo quería! La primera vez que lo había mirado, se estremeció como frente a una aparición. Y él le había dicho que le había pasado lo mismo cuando se hundió en su negra mirada, en aquel baile del pueblo.
  Llevó una mano a su cuello, y descubrió la ausencia de la cadenita de plata con la medalla de la virgen niña.
  -Prendé la lámpara, Manuel. Se me perdió la cadenita que me dio la madrina...
  Así lo hizo su marido. Envuelta en la sábana, palpó debajo de la almohada, alrededor de su cuerpo, hasta que divisó el brillo de la alhaja en el suelo, a su lado. Se arrodilló a recogerla, y la mancha de sangre que Laureana había secado de su mano arrancó de Manuel un gesto de culpabilidad satisfecha.
  -Pobrecita, ¿te dolió mucho? ¿Te lastimé, mi negrita?
  -No, no fue para tanto. Además, ahora ya soy tu mujer, ¿no?
  Y lo abrazó, orgullosa. Se besaron todavía varias veces, hasta que se escuchó en la pieza la rítmica y profunda respiración de Manuel, abandonado como un niño en brazos de su mujer. Ella cerró los ojos, suspiró hondamente y a punto de dormirse a su vez, pensó agradecida en Ña María. "Le voy a dar las gracias por sus consejos a Ña María: y le voy a dar para su ahijado al primer gurí. Él nunca va a saber lo del Pedro, en el granero. Y si volviera una vez y se lo contara, es mi sangre contra su chisme." Y se durmió, feliz.
   
  Mirta Demestri
   
   
  AGENCIA DE COMUNICACIÓN  RODOLFO WALSH
   
    
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  Esa voz viene seguramente de una persona, única, irrepetible como toda persona, pero una voz no es una persona, es algo suspendido en el aire, separado de la solidez de las cosas.
   
  También la voz es única e irrepetible, pero tal vez de un modo diferente del de la persona: podrían voz y persona parecerse. O bien parecerse de un modo secreto, que no se ve a primera vista: la voz podría ser el equivalente de todo lo más oculto y más verdadero de la persona. ¿ es otro tú sin cuerpo el que escucha esa voz sin cuerpo? Que la oigas realmente o la recuerdes o la imagines, da igual. 
  Y sin embargo tú quieres que sea tu propio oído el que perciba esa voz, por lo tanto lo que te atrae no es sólo un recuerdo o una fantasía sino la vibración de una garganta de carne. 
  Una voz significa esto: hay una persona viva, garganta, tórax sentimientos, que empuja en el aire esa voz diferente de todas las otras voces. Una voz pone en acción la úvula, la saliva, la infancia, la pátina de la vida vivida, las intenciones de la mente, el placer de dar una forma propia a las ondas sonoras. Lo que te atrae es el placer que esta voz pone en existir: en existir como voz, pero ese placer te lleva a imaginar de que modo la persona podría ser tan diferente de cualquier otro cuanto es diferente su voz.
  Un rey escucha. Italo Calvino
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  Voces, palabras, sonidos, mensajes, pensamientos, sentimientos, anécdotas. 
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   “LOS VIOLENTOS NO SON LOS QUE LUCHAN, SINO LOS QUE NOS OPRIMEN
  NO A LA CRIMINALIZACIÓN DE LA PROTESTA SOCIAL.”
  <·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>-<·>
   “POR LA REDUCCIÓN DE LA JORNADA LABORAL CON AUMENTO SALARIAL
  TRABAJAR MENOS, PARA QUE TRABAJEN TODOS.
  NOS SACARON MUCHO, PUEDEN PAGAR”
   Campaña Nacional por la Reducción de la Jornada Laboral
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  LIBERTAD A LOS PRESOS POLÍTICOS DE ARGENTINA
  Y A TODOS LOS LUCHADORES EN EL MUNDO.
   
  LIBERTAD A LOS 5 HEROES CUBANOS, 
  PRESOS EN LAS CARCELES YANQUIS
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